La exaltación del YO se ha convertido en el eje doctrinal de los nuevos movimientos espirituales. Entre los anaqueles de estos evangelios apócrifos con un extraño aroma a manual de Autoayuda escojo tres frases; YO soy la luz; primero he de estar bien YO; YO soy el creador de lo que me rodea.
No dejan de tener razón las aseveraciones dogmáticas del YO, evidentemente sin YO, sin MI existencia el juego ni siquiera comienza. Pero no nos asustemos, YO va a estar siempre si vives, nadie te lo va a poder quitar, es intrínseco a uno, es inseparable. Es evidente que has de estar óptimo para poder evolucionar, pero, y sólo por indagar en el maquiavelismo conspiranoíco, ¿no les suena un poco sospechoso tanto YO? Porque del YO se transita con singular facilidad al MÍ, un pronombre personal o a Mi un pronombre posesivo. Mi luz interior, mi felicidad, mi mundo, a mí, para mí, a mí entender. MÍO de Mí. Mi coche, mi mujer, mis hijos, mi casa, mi Ipod.
Sospecho que cuanto más nos hacen creer en el individualismo más nos disgregan, que cuando infunden nuestro egoísmo nos disuelven y que cuando al próximo lo alejamos nos neutralizan. Nos hacen creer que somos dueños de cosas mientras se quedan con nuestras vidas, dispersas, solitarias, enfrentada. No hay voluntad colectiva, no somos nadie.
Quizá no fuese inoportuno hablar eventualmente de NOSOTROS, tiene más letras. Suena lógica la idea de que si hemos llegado a ser algo en la historia de la vida ha sido gracias a NOSOTROS, que nadie estuvo nunca solo, que nadie se alimentó exclusivamente de su YO. Quizá alguien nos ayude a comprender que siendo TODOS estaremos realmente completos y tal vez sea así más fácil saber quiénes somos cada uno de nosotros. Quizá ese YO tenga entonces más sentido y encuentre la luz al sentirse acompañado.
Si haces un blog es porque algo quieres contar. La mayoría de mis trabajos se encuentran encriptados en mi computadora o se vieron o leyeron en algún punto concreto del espacio tiempo. Crear esta ventana me permite expandir todo el esfuerzo, dedicación y amor que he puesto en cada exploración.
martes, 6 de septiembre de 2011
miércoles, 31 de agosto de 2011
ETOLOGÍA COMPARADA
Existen unos pájaros en Nueva Guinea de nombre Tilonorincos (Ptilonorhynchus violaceus). Los machos dedican semanas a la construcción de un precioso escenario donde bajo y alrededor del trenzado de ramas despliegan adornos de colores provenientes de flores, hojas, piedras, alas de mariposas, caparazones de insectos. Cada tonalidad agrupada, todo escrupulosamente medido. Si una hembra se acerca comienza entonces una danza en la que despliega todo su atractivo llevándola a dar un paseo por su museo natural. Ella escogerá de entre todos los machos de la zona a aquel que tenga el más perfecto y espectacular de los escaparates. Son las hembras las que con su concienzuda selección han impulsado este comportamiento en los machos que saben que sólo a través de ese esmerado esfuerzo puede llegar la recompensa.
He aquí la críptica respuesta que Daniel ofreció a un grupo de señoritas que en la mesa de al lado de la cafetería, donde tenía costumbre de leer un rato con una copita de anís, se preguntaban; “¿Por qué ya no quedan hombres románticos?”
Ver fotos espactaculares en http://timlaman.com/#/photo-galleries/bowerbirds/MM7363-080914-02568
domingo, 28 de agosto de 2011
RELATOS MÁS BREVES
Relato 1
Tan solo quedaban unas pocas tortillas duras. Aun con esperanza, sabían que el momento que vivían era inexorable. Comenzaron a dialogar, ambos pensaban lo mismo pero terminaron peleando. Y es que más que las ideas a los seres nos separan los intereses.
Relato 2
Entre la espesura, reflejados por la luz de la linterna, brillaban unos ojos verdes. Se quedó inmóvil, con la cámara preparada, casi sin respirar y esperó por minutos a que aquellos destellos se acercasen lentamente al alcance de la máquina. Las rodillas comenzaban a entumecerse por la posición y el cuello forzado para mirar por la pequeña ventanita de su escondite se agarrotaba. Necesitaba mover aunque fuese una pierna aun a riesgo de que el crujir de la hojarasca siscara al animal que por años había perseguido. Cuando el objetivo estuvo suficientemente cerca para identificarlo, vio a un gato común. Vale más un desengaño que una perniciosa incertidumbre.
Relato 3
Amanda se dio cuenta que estaba sola cuando ya nadie preguntaba por él. Entonces tuvo la sensación de quien encuentra un número de lotería premiado el día después del sorteo. Decidida, construyó una enorme muralla con la que protegerse de la tristeza, la misma que al pasar los años impidió que entrase la felicidad.
Relato 4
- Traedme el caballo más veloz. Gritó Bogdánov. Y cabalgó con él por horas. Al llegar a Swawencrov caída la noche, la población pudo reaccionar a tiempo y desalojar así la cuidad que horas después sería devastada. El mensajero Bogdanov salvó cientos de vidas. Nadie citó el nombre de ese caballo que bien pudo ser una yegüa.
Tan solo quedaban unas pocas tortillas duras. Aun con esperanza, sabían que el momento que vivían era inexorable. Comenzaron a dialogar, ambos pensaban lo mismo pero terminaron peleando. Y es que más que las ideas a los seres nos separan los intereses.
Relato 2
Entre la espesura, reflejados por la luz de la linterna, brillaban unos ojos verdes. Se quedó inmóvil, con la cámara preparada, casi sin respirar y esperó por minutos a que aquellos destellos se acercasen lentamente al alcance de la máquina. Las rodillas comenzaban a entumecerse por la posición y el cuello forzado para mirar por la pequeña ventanita de su escondite se agarrotaba. Necesitaba mover aunque fuese una pierna aun a riesgo de que el crujir de la hojarasca siscara al animal que por años había perseguido. Cuando el objetivo estuvo suficientemente cerca para identificarlo, vio a un gato común. Vale más un desengaño que una perniciosa incertidumbre.
Relato 3
Amanda se dio cuenta que estaba sola cuando ya nadie preguntaba por él. Entonces tuvo la sensación de quien encuentra un número de lotería premiado el día después del sorteo. Decidida, construyó una enorme muralla con la que protegerse de la tristeza, la misma que al pasar los años impidió que entrase la felicidad.
Relato 4
- Traedme el caballo más veloz. Gritó Bogdánov. Y cabalgó con él por horas. Al llegar a Swawencrov caída la noche, la población pudo reaccionar a tiempo y desalojar así la cuidad que horas después sería devastada. El mensajero Bogdanov salvó cientos de vidas. Nadie citó el nombre de ese caballo que bien pudo ser una yegüa.
viernes, 19 de agosto de 2011
ÁNGELES Y PRIMATES (Relatos bastante breves VI)
DESPERTARES
Puntualmente, el golpeteo compulsivo de las llaves de mi tío nos sacaba de las sábanas mojadas por el insufrible calor ceutí. Mi madre nos enviaba a mi hermana y a mí a pasar el mes de agosto a “la casa de la abuela”, en la que también vivía mi abuelo y mi tío pero que por razones evolutivas que no vienen al caso explicar se llamaba “la casa de mi abuela”.
Mi tío tenía el título de farmacéutico, una profesión precisa para la cuidad. No ejercía porque algo en su cabeza no andaba del todo bien, pero a su nombre se levantó un pequeño imperio de boticas en ambos lados de la frontera.
Él me detestaba ya que para superar el estío mi distracción favorita era putearle a él y a su perrillo mimado, del cual por mucho que intento no recuerdo su nombre.
Como todo neurótico, ese término lo conocí de mayor, su comportamiento era predecible como el de un escarabajo en una caja de zapatos. Se levantaba a las ocho, salía al patio a escoger de entre los nueve perros a su único preferido y se ponía a probar todas las luces de la casa, click, click, click, click, click, click, click, click, click, nueve exactas y desquiciantes repeticiones por cada una de las estancias de la casa. A mi hermana y a mí nos daba una risa enloquecida y le perseguíamos conscientes de que en ese estado de trance el mundo se reducía para él a su dedo y la mágia de la luz. Una vez comprobado el sólido funcionamiento de la iluminación artificial llegaba el turno a las persianas. Las bajaba y las subía como si el efecto polea le transportase hasta el renacimiento. Arriba, abajo, arriba, abajo, no completamente, en este caso era espontáneo e impredecible, podían ser seis, nueve o veintidós las tozudas operaciones. Entre tanto, el perro-rata a su vera nos miraba sabiendo que en ese momento era intocable.
Desconfiaba de la hermeticidad de las puertas de modo que una vez cerraba, con sus largas manos de Nosferatu, la empujaba desde lo alto que diesen sus brazos hasta los hombros, contundente y escrupuloso, a veces por minutos.
Sentarse con él a comer era de lo más divertido. Otra de sus manías era la de estar quitándose las migas de los brazos. Desde la muñeca hasta el codo como un chimpancé repetía cada pocos segundos la estereotipia, siempre hacia abajo. Yo como un cabroncete le tiraba más y más migas a la zona de conflicto, al menos que el esfuerzo le sirviese para algo.
Después llegaba su rutina más perseverante. La casa tenía un largo pasillo de al menos veinte metros, sobre el suelo, sin importar la estación del año, unas sempiternas alfombras persas donde se observaba el enajenado surco de los pasos de mi tío, sólidos, contundentes, rasos, dañinos, su autopista hacia no sé dónde. Todo estaba lógicamente calculado, cada avance era sumado con los dedos de la mano izquierda pegada a su cadera, mientras con la derecha al compás de su arrastrada y erosiva marcha golpeaba las llaves dentro del bolsillo. Klin, klin, klin, kiln, kiln. Y así nos íbamos a jugar sobre las cinco y cuando regresábamos para la merienda él continuaba explorando el pasillo.
Mi hermana, que es mucho mejor persona que yo, se compadecía, y a veces en su juego favorito de “la periodista” le entrevistaba. – Señor, ¿cuál es su comida preferida? A lo que mi tío contestaba – ¡Parpados de vaca estofados al instante! Y la miraba con cara de loco, no con la suya sino la de otro loco.
Con el tiempo, ya él fallecido, cuando escucho el golpeteo de unas llaves tengo el pequeño vicio de lamerme la uña del dedo meñique.
Dedicado a Jeni.
Puntualmente, el golpeteo compulsivo de las llaves de mi tío nos sacaba de las sábanas mojadas por el insufrible calor ceutí. Mi madre nos enviaba a mi hermana y a mí a pasar el mes de agosto a “la casa de la abuela”, en la que también vivía mi abuelo y mi tío pero que por razones evolutivas que no vienen al caso explicar se llamaba “la casa de mi abuela”.
Mi tío tenía el título de farmacéutico, una profesión precisa para la cuidad. No ejercía porque algo en su cabeza no andaba del todo bien, pero a su nombre se levantó un pequeño imperio de boticas en ambos lados de la frontera.
Él me detestaba ya que para superar el estío mi distracción favorita era putearle a él y a su perrillo mimado, del cual por mucho que intento no recuerdo su nombre.
Como todo neurótico, ese término lo conocí de mayor, su comportamiento era predecible como el de un escarabajo en una caja de zapatos. Se levantaba a las ocho, salía al patio a escoger de entre los nueve perros a su único preferido y se ponía a probar todas las luces de la casa, click, click, click, click, click, click, click, click, click, nueve exactas y desquiciantes repeticiones por cada una de las estancias de la casa. A mi hermana y a mí nos daba una risa enloquecida y le perseguíamos conscientes de que en ese estado de trance el mundo se reducía para él a su dedo y la mágia de la luz. Una vez comprobado el sólido funcionamiento de la iluminación artificial llegaba el turno a las persianas. Las bajaba y las subía como si el efecto polea le transportase hasta el renacimiento. Arriba, abajo, arriba, abajo, no completamente, en este caso era espontáneo e impredecible, podían ser seis, nueve o veintidós las tozudas operaciones. Entre tanto, el perro-rata a su vera nos miraba sabiendo que en ese momento era intocable.
Desconfiaba de la hermeticidad de las puertas de modo que una vez cerraba, con sus largas manos de Nosferatu, la empujaba desde lo alto que diesen sus brazos hasta los hombros, contundente y escrupuloso, a veces por minutos.
Sentarse con él a comer era de lo más divertido. Otra de sus manías era la de estar quitándose las migas de los brazos. Desde la muñeca hasta el codo como un chimpancé repetía cada pocos segundos la estereotipia, siempre hacia abajo. Yo como un cabroncete le tiraba más y más migas a la zona de conflicto, al menos que el esfuerzo le sirviese para algo.
Después llegaba su rutina más perseverante. La casa tenía un largo pasillo de al menos veinte metros, sobre el suelo, sin importar la estación del año, unas sempiternas alfombras persas donde se observaba el enajenado surco de los pasos de mi tío, sólidos, contundentes, rasos, dañinos, su autopista hacia no sé dónde. Todo estaba lógicamente calculado, cada avance era sumado con los dedos de la mano izquierda pegada a su cadera, mientras con la derecha al compás de su arrastrada y erosiva marcha golpeaba las llaves dentro del bolsillo. Klin, klin, klin, kiln, kiln. Y así nos íbamos a jugar sobre las cinco y cuando regresábamos para la merienda él continuaba explorando el pasillo.
Mi hermana, que es mucho mejor persona que yo, se compadecía, y a veces en su juego favorito de “la periodista” le entrevistaba. – Señor, ¿cuál es su comida preferida? A lo que mi tío contestaba – ¡Parpados de vaca estofados al instante! Y la miraba con cara de loco, no con la suya sino la de otro loco.
Con el tiempo, ya él fallecido, cuando escucho el golpeteo de unas llaves tengo el pequeño vicio de lamerme la uña del dedo meñique.
Dedicado a Jeni.
jueves, 18 de agosto de 2011
"ÁNGELES Y PRIMATES" (Relatos bastante Breves V)
DESPERTARES
Levábamos toda la semana desértica, alcoholizándonos mientras veíamos el MTV y comiendo como tlacuaches en gallinero, cuando una mañana, que en realidad era un medio día, reventaba el timbre de la entrada. Una legión de señoritas uniformadas se agolpaba en la puerta de vidrio que protegía el hotel. – ¡Qué, madres, es, eso!. Espetó el chino con la pancarta de la lujuria en su enorme pecho. – ¡No mames!.- Alcancé a decir.Lo crean o no la historia que les voy a contar sucedió tal y como la recuerdo.
Mi amigo El chino y yo éramos conocidos del dueño de un pequeño hotelito en la periferia de Cardel pueblo caluroso y húmedo donde los haya. Después de Semana Santa era improbable que alguien cayese por allí de modo que nos propuso quedarnos una semana al mando del hotel. Amador, que así es su nombre, continúa siendo un hombre imprudente.
El inesperado asalto era provocado por una cohorte de edecanes, azafatas de esas de eventos, a cuál más espectacular y desmadrosa. Ocuparon las doce habitaciones y en un escándalo perturbador sin precedentes nos dejaron turulatos en la recepción.
Pasaron las horas y desde abajo escuchábamos sus aullidos por encima del reegueton distorsionado. Era como las psicofonías del averno del profesor Argumosa. Las imaginábamos y las temíamos. Algunos de los comentarios que alcanzamos a escuchar eran tan soeces y violentos que nos intimidaron hasta el punto de ser el antídoto para nuestras lascivas mentes, perturbadas de ver cómo nos superaban.
A las diez de la noche salieron emperifolladas, ampliando en este contexto la verdadera etimología de la palabra. La carnicería estaba abierta.
Sobre las doce de la noche aparecieron con una bola de cabrones. Después supimos que también se dedicaban a lo mismo, me refiero a ambas cosas, y que se hospedaban en un hotelito vecino. La tenían más que armada y así sucedió.
Cuando el desmadre alcanzaba su pico de intensidad, por un casual, al recorrer el pasillo de la recepción, vi a un sujeto impecable con guayabera azul marino, pantalones beige, zapatos blancos y un anacrónico e indiscreto ramo de flores.–Chino, chécate a este guey. – ¡Qué pedo!. ¿Le abrimos?.
Por alguna razón adivinamos lo que podía acontecer y salimos a platicar con él fuera del hotel para que la hecatombe de quejidos y risas no perturbase la conversación.
- Hola, que mi novia esta en este hotel y venía a verla.
¡Chinga su madre¡ El chino y yo tratamos de disuadirle, protegerle para que no corriese hacia el sumidero, aun así el necio se aferraba por entrar y terminó derrumbándonos cuando del bolsillo de su impecable guayabera sacó la típica cajita portadora del anillo.
Llegados a este punto, lo importante era desenmascarar esa relación y tratar, en todo caso, que el individuo al que tomamos cariño, esquivase su destino. La verdad estaba ahí y el chino y yo teníamos la llave para abrir la caja de Pandora, además ya estábamos pedos.
Lo vio todo, y como poseído por los demonios del viento salió escaleras abajo desparramando las flores por las escaleras como sus esperanzas.
Pero, cómo la condición humana es insondable, una hora después regresó a por más con la ropa impropiamente clara para estos lares sucia y borracho.
Salieron a la calle para llorar con el drama del anillo, con abrazos y aspavientos, hasta que de ella con un desplante agresivo pudimos leer en sus labios el epitafio “-¡Sí y qué. Yo cojo con quien quiero, y qué!”. Ella abrió la puerta y entró decidida a quitarse las penas, él destruido se había desplomado en la escalera. De repente, en otro súbito frenesí, como pasan estas cosas locas del amor, el desahuciado sale corriendo escaleras arriba y olvida que la puerta de vidrio no la atraviesa ni el más arrebatado amor. Rebotó para caer eliminado, inconsciente.
Ya se estaba saliendo de madre la cosa. No convenía para nada avisar a la policía pero al ver que no se levantaba llamamos a una ambulancia sin decir que éramos del hotel, apagamos las luces y esperamos en penunbra a que llegasen. Aparecieron las asistencias. Pero claro, el muchacho se había vomitado encima y apestaba al alcohol tal y como vociferó uno de los enfermeros que sin compasión lo dejó allí a su miserable suerte.
Le vigilamos por una hora, se había incorporado y lloraba como un trapo empapado en la botella que al parecer tenía amagada. Le dejamos solo, tenía que enterrar a sus muertos.
Clareaba apenas la mañana cuando escuchamos el grito de una señorita, uno más pero este desgarrador. El chino y yo acudimos a ver lo que sucedía y allí estaba ella, con los dedos dentro de la boca, estupefacta, viendo como los perros cimarrones arrastraban a su ex novio hacia el potrero dando el patético fin a un día fatalmente inolvidable.
Siempre reímos como posesos al relatarnos esta historia, y es que al fin y al cabo excepto la muerte y tener hijos lo demás en la vida sólo son anécdotas.
¿Qué habrá sido de ella?
Levábamos toda la semana desértica, alcoholizándonos mientras veíamos el MTV y comiendo como tlacuaches en gallinero, cuando una mañana, que en realidad era un medio día, reventaba el timbre de la entrada. Una legión de señoritas uniformadas se agolpaba en la puerta de vidrio que protegía el hotel. – ¡Qué, madres, es, eso!. Espetó el chino con la pancarta de la lujuria en su enorme pecho. – ¡No mames!.- Alcancé a decir.Lo crean o no la historia que les voy a contar sucedió tal y como la recuerdo.
Mi amigo El chino y yo éramos conocidos del dueño de un pequeño hotelito en la periferia de Cardel pueblo caluroso y húmedo donde los haya. Después de Semana Santa era improbable que alguien cayese por allí de modo que nos propuso quedarnos una semana al mando del hotel. Amador, que así es su nombre, continúa siendo un hombre imprudente.
El inesperado asalto era provocado por una cohorte de edecanes, azafatas de esas de eventos, a cuál más espectacular y desmadrosa. Ocuparon las doce habitaciones y en un escándalo perturbador sin precedentes nos dejaron turulatos en la recepción.
Pasaron las horas y desde abajo escuchábamos sus aullidos por encima del reegueton distorsionado. Era como las psicofonías del averno del profesor Argumosa. Las imaginábamos y las temíamos. Algunos de los comentarios que alcanzamos a escuchar eran tan soeces y violentos que nos intimidaron hasta el punto de ser el antídoto para nuestras lascivas mentes, perturbadas de ver cómo nos superaban.
A las diez de la noche salieron emperifolladas, ampliando en este contexto la verdadera etimología de la palabra. La carnicería estaba abierta.
Sobre las doce de la noche aparecieron con una bola de cabrones. Después supimos que también se dedicaban a lo mismo, me refiero a ambas cosas, y que se hospedaban en un hotelito vecino. La tenían más que armada y así sucedió.
Cuando el desmadre alcanzaba su pico de intensidad, por un casual, al recorrer el pasillo de la recepción, vi a un sujeto impecable con guayabera azul marino, pantalones beige, zapatos blancos y un anacrónico e indiscreto ramo de flores.–Chino, chécate a este guey. – ¡Qué pedo!. ¿Le abrimos?.
Por alguna razón adivinamos lo que podía acontecer y salimos a platicar con él fuera del hotel para que la hecatombe de quejidos y risas no perturbase la conversación.
- Hola, que mi novia esta en este hotel y venía a verla.
¡Chinga su madre¡ El chino y yo tratamos de disuadirle, protegerle para que no corriese hacia el sumidero, aun así el necio se aferraba por entrar y terminó derrumbándonos cuando del bolsillo de su impecable guayabera sacó la típica cajita portadora del anillo.
Llegados a este punto, lo importante era desenmascarar esa relación y tratar, en todo caso, que el individuo al que tomamos cariño, esquivase su destino. La verdad estaba ahí y el chino y yo teníamos la llave para abrir la caja de Pandora, además ya estábamos pedos.
Lo vio todo, y como poseído por los demonios del viento salió escaleras abajo desparramando las flores por las escaleras como sus esperanzas.
Pero, cómo la condición humana es insondable, una hora después regresó a por más con la ropa impropiamente clara para estos lares sucia y borracho.
Salieron a la calle para llorar con el drama del anillo, con abrazos y aspavientos, hasta que de ella con un desplante agresivo pudimos leer en sus labios el epitafio “-¡Sí y qué. Yo cojo con quien quiero, y qué!”. Ella abrió la puerta y entró decidida a quitarse las penas, él destruido se había desplomado en la escalera. De repente, en otro súbito frenesí, como pasan estas cosas locas del amor, el desahuciado sale corriendo escaleras arriba y olvida que la puerta de vidrio no la atraviesa ni el más arrebatado amor. Rebotó para caer eliminado, inconsciente.
Ya se estaba saliendo de madre la cosa. No convenía para nada avisar a la policía pero al ver que no se levantaba llamamos a una ambulancia sin decir que éramos del hotel, apagamos las luces y esperamos en penunbra a que llegasen. Aparecieron las asistencias. Pero claro, el muchacho se había vomitado encima y apestaba al alcohol tal y como vociferó uno de los enfermeros que sin compasión lo dejó allí a su miserable suerte.
Le vigilamos por una hora, se había incorporado y lloraba como un trapo empapado en la botella que al parecer tenía amagada. Le dejamos solo, tenía que enterrar a sus muertos.
Clareaba apenas la mañana cuando escuchamos el grito de una señorita, uno más pero este desgarrador. El chino y yo acudimos a ver lo que sucedía y allí estaba ella, con los dedos dentro de la boca, estupefacta, viendo como los perros cimarrones arrastraban a su ex novio hacia el potrero dando el patético fin a un día fatalmente inolvidable.
Siempre reímos como posesos al relatarnos esta historia, y es que al fin y al cabo excepto la muerte y tener hijos lo demás en la vida sólo son anécdotas.
¿Qué habrá sido de ella?
miércoles, 17 de agosto de 2011
"ÁNGELES Y PRIMATES" (Relatos bastante Breves IV)
DESPERTARES
Entre las ocho y nueve de la mañana es el único período del día en el cual el efecto de la medicación me permite estar con él. Hoy cuando entré en su habitación se veía diferente, su rostro estaba sonrosado, aparentaba menos rigidez y al verme extendió una sonrisa de la que salieron volando mariposas. Nada puede ser más esperanzador que la sonrisa de un anciano.-Hola princesa.
Desde hacía cinco meses mi labor de tomar testimonio de su vida había suplantado a la mía. Esta mañana no fueron necesarias preguntas ni la ayuda de algunos objetos que usaba como puertas a sus recuerdos. Sin dilación el doctor Grouse, mi abuelo, comenzó a narrarme la historia que escribo y que de entre todas sus aventuras siempre será la más bella.
“En las mañanas me despertaba el olor a café y a flores. Ella solía madrugar, a mí me gustaba quedarme en la cama remoloneando en la felicidad que me daba el beso y el “te amo” con el que se despedía para salir al bosque. Entre sueños escuchaba sus pasos sobre la madera de la cabaña sabiendo que al levantarme me recibiría con un beso nuevo, un abrazo abismal y ese “te amo” profundo y hermoso que pronunciaba internando sus ojos en mi alma. Después volvía a desaparecer para dejarme solo, como me gusta estar cuando comienzo el día, con mi café y ese primer cigarrillo que curiosamente me permite respirar mejor el aire virgen de los cientos de encinos que rodeaban la cabaña.
Verla regresar de comprar esos blanquillos que las gallinas de doña Mercedes, que al correr parecían dinosaurios, compartían involuntariamente con nosotros era una secuencia de esas que uno no cree estar viviendo, esas que trascienden la realidad para fundirse con el más bello anhelo desde la adolescencia. Ella era todo y me traía flores.
Platicábamos de la vida por horas, me encantaba discutirle. Después de comer nos gustaba tumbarnos a ver una película eterna, no podíamos darnos un beso de más de dos segundos.
En las tardes ella se ponía a trabajar en su libro, que vi parir nueve meses después y del que participaba revisando y escuchándola.
Solía llover todos los días y en invierno el frío llegaba con la noche por eso la llamaba desde la cama porque cuando se centraba en su novela se iba y yo la extrañaba después de horas sin ella completamente para mí. Cuando se deslizaba entre las mantas como una tormenta nos fundíamos como nunca, como siempre. Y con su voz inofensiva y serena me contaba un cuento, en el que yo era siempre el protagonista, y me acariciaba el pelo delicadamente como un ave mientras yo me iba durmiendo casi sin querer porque nunca hubo un sueño más hermoso que estar con ella.”
Brillaban sus ojos como los de un niño volando una cometa, supe entonces que él estaba allí, con ella. Era la primera vez que me hablaba de una mujer y la primera en la que insistía “Eso me pasó a mí” mientras sonreía como si toda la vida hubiese merecido la pena.
Evadí la curiosidad de las preguntas; cómo se llamaba, qué sucedió. Yo misma sentí el desgarro incalculable de saber que ese amor un día se había perdido y que tuvo que aprender a despertar cada día sin ella.
Con esta historia conocí quién era mi abuelo.
Entre las ocho y nueve de la mañana es el único período del día en el cual el efecto de la medicación me permite estar con él. Hoy cuando entré en su habitación se veía diferente, su rostro estaba sonrosado, aparentaba menos rigidez y al verme extendió una sonrisa de la que salieron volando mariposas. Nada puede ser más esperanzador que la sonrisa de un anciano.-Hola princesa.
Desde hacía cinco meses mi labor de tomar testimonio de su vida había suplantado a la mía. Esta mañana no fueron necesarias preguntas ni la ayuda de algunos objetos que usaba como puertas a sus recuerdos. Sin dilación el doctor Grouse, mi abuelo, comenzó a narrarme la historia que escribo y que de entre todas sus aventuras siempre será la más bella.
“En las mañanas me despertaba el olor a café y a flores. Ella solía madrugar, a mí me gustaba quedarme en la cama remoloneando en la felicidad que me daba el beso y el “te amo” con el que se despedía para salir al bosque. Entre sueños escuchaba sus pasos sobre la madera de la cabaña sabiendo que al levantarme me recibiría con un beso nuevo, un abrazo abismal y ese “te amo” profundo y hermoso que pronunciaba internando sus ojos en mi alma. Después volvía a desaparecer para dejarme solo, como me gusta estar cuando comienzo el día, con mi café y ese primer cigarrillo que curiosamente me permite respirar mejor el aire virgen de los cientos de encinos que rodeaban la cabaña.
Verla regresar de comprar esos blanquillos que las gallinas de doña Mercedes, que al correr parecían dinosaurios, compartían involuntariamente con nosotros era una secuencia de esas que uno no cree estar viviendo, esas que trascienden la realidad para fundirse con el más bello anhelo desde la adolescencia. Ella era todo y me traía flores.
Platicábamos de la vida por horas, me encantaba discutirle. Después de comer nos gustaba tumbarnos a ver una película eterna, no podíamos darnos un beso de más de dos segundos.
En las tardes ella se ponía a trabajar en su libro, que vi parir nueve meses después y del que participaba revisando y escuchándola.
Solía llover todos los días y en invierno el frío llegaba con la noche por eso la llamaba desde la cama porque cuando se centraba en su novela se iba y yo la extrañaba después de horas sin ella completamente para mí. Cuando se deslizaba entre las mantas como una tormenta nos fundíamos como nunca, como siempre. Y con su voz inofensiva y serena me contaba un cuento, en el que yo era siempre el protagonista, y me acariciaba el pelo delicadamente como un ave mientras yo me iba durmiendo casi sin querer porque nunca hubo un sueño más hermoso que estar con ella.”
Brillaban sus ojos como los de un niño volando una cometa, supe entonces que él estaba allí, con ella. Era la primera vez que me hablaba de una mujer y la primera en la que insistía “Eso me pasó a mí” mientras sonreía como si toda la vida hubiese merecido la pena.
Evadí la curiosidad de las preguntas; cómo se llamaba, qué sucedió. Yo misma sentí el desgarro incalculable de saber que ese amor un día se había perdido y que tuvo que aprender a despertar cada día sin ella.
Con esta historia conocí quién era mi abuelo.
martes, 16 de agosto de 2011
"ÁNGELES Y PRIMATES" (Relatos bastante Breves III)
DESPERTARES
Con la disciplina de un monje, Drazan Kurbich se sentaba en su escritorio antes que amaneciese. Tomaba una hoja y comenzaba a escribir.
"Anoche soñé contigo de nuevo, mi vida.
Hoy caminaremos hasta la laguna Quingai. Te gustaría verla. Hay personas que creen que es un mar. La colecta de especies va mejor de lo que esperaba y con suerte a finales de mes regresaré a casa. La herida del costado, aquella que te conté me hice con una rama, ya casi no la siento, espero no te disguste otra cicatríz. Amada mia pienso que cada día que pasa estoy más cerca de tus brazos, bien sabes que es lo que más anhelo en el mundo.
Tuyo por y desde siempre,
Drazan".
Dobló meticulosamente la carta y la metió en un sobre, en él también colocó la hoja de un árbol. En la parte inferior derecha del sobre escribió un minúsculo "2555". Abrió un preciso cofre de metal y la colocó encima de otras tantas.
Drazan soñaba con la expresión que ella pondría al ver la montaña de cartas y cuando supiese cómo desde hacía siete años sin excepción la había estado soñando, esperando, fiel y persistente como un roble. Soñaba con verla en la cama nadando sobre las letras y que con cada hoja harían un mural en el techo de su habitación. Soñaba que ella le decía "¡Estás loco, pero cuánto te amo!".
Con profunda admiración Alexandro.
Con la disciplina de un monje, Drazan Kurbich se sentaba en su escritorio antes que amaneciese. Tomaba una hoja y comenzaba a escribir.
"Anoche soñé contigo de nuevo, mi vida.
Hoy caminaremos hasta la laguna Quingai. Te gustaría verla. Hay personas que creen que es un mar. La colecta de especies va mejor de lo que esperaba y con suerte a finales de mes regresaré a casa. La herida del costado, aquella que te conté me hice con una rama, ya casi no la siento, espero no te disguste otra cicatríz. Amada mia pienso que cada día que pasa estoy más cerca de tus brazos, bien sabes que es lo que más anhelo en el mundo.
Tuyo por y desde siempre,
Drazan".
Dobló meticulosamente la carta y la metió en un sobre, en él también colocó la hoja de un árbol. En la parte inferior derecha del sobre escribió un minúsculo "2555". Abrió un preciso cofre de metal y la colocó encima de otras tantas.
Drazan soñaba con la expresión que ella pondría al ver la montaña de cartas y cuando supiese cómo desde hacía siete años sin excepción la había estado soñando, esperando, fiel y persistente como un roble. Soñaba con verla en la cama nadando sobre las letras y que con cada hoja harían un mural en el techo de su habitación. Soñaba que ella le decía "¡Estás loco, pero cuánto te amo!".
Con profunda admiración Alexandro.
ÁNGELES Y PRIMATES (Relatos bastante breves) II
DESPERTARES
“Hoy me desperté y cuando me desperté…” estas son las palabras póstumas del poeta boliviano Lucas Eneldo Fuegos que después de muerto dejó ese mensaje en el contestador de su hija. Nunca había escuchado nada tan estremecedor como la angustia de quien despertaba hallándose muerto.
Días antes del súbito evento el poeta había dejado escritos sus últimos versos y un breve texto.
“Hoy me desperté y cuando me desperté sentí como mis pies desnudos caminaban sobre mis sueños rotos como cristales.
Hoy me desperté y cuando me desperté el amor, insobornable, se burlaba de mí susurrándome que prefería estar en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida, en otra persona.
Hoy me desperté y cuando me desperté no quería”.
"Evidentemente hoy tuve un mal despertar, la princesa depresión me acariciaba los pies. Sin embargo, este dolor que me va licuando, incongruentemente me hace querer estar vivo. Tal vez sólo sea por el placer de expresarme hasta mi último suspiro cuando espero que las más deplorables de mis gestas muten en un rayito de gloria que llevar conmigo".
“Hoy me desperté y cuando me desperté…” estas son las palabras póstumas del poeta boliviano Lucas Eneldo Fuegos que después de muerto dejó ese mensaje en el contestador de su hija. Nunca había escuchado nada tan estremecedor como la angustia de quien despertaba hallándose muerto.
Días antes del súbito evento el poeta había dejado escritos sus últimos versos y un breve texto.
“Hoy me desperté y cuando me desperté sentí como mis pies desnudos caminaban sobre mis sueños rotos como cristales.
Hoy me desperté y cuando me desperté el amor, insobornable, se burlaba de mí susurrándome que prefería estar en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida, en otra persona.
Hoy me desperté y cuando me desperté no quería”.
"Evidentemente hoy tuve un mal despertar, la princesa depresión me acariciaba los pies. Sin embargo, este dolor que me va licuando, incongruentemente me hace querer estar vivo. Tal vez sólo sea por el placer de expresarme hasta mi último suspiro cuando espero que las más deplorables de mis gestas muten en un rayito de gloria que llevar conmigo".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
