lunes, 27 de abril de 2009

LIBRES

POR FIN LIBRES
Después de toda una vida de cautiverio, la liberación de los 17 macacos en una de las Islas del Parque Nacional Ujung Kulon concluyó de una manera inenarrable, que en total contradicción voy a narrar, ando muy chistoretero últimamente. Así fue la aventura tal como la vivimos. Comenzó el proceso a las 23:15 del miércoles 22 cargando las 9 cajas que transportaban a nuestros queridos monos, de ahí 8 horas de viaje nocturno sin pegar ojo, y es que los coches son un poco pequeños para estirar las piernas y tratar de dormir era peor que ir despierto. Ni que decir tiene que las carreteras son socavones permanentes que en ocasiones nos obligaban a surcar y sortear profundos humedales de asfalto. Arribamos al sureste de la isla de Java muy cansados, amaneciendo, esperábamos encontrarnos con el staff del Parque Nacional que debía de darnos los últimos permisos y facilitarnos la travesía en barco. Se retrasaron un poquillo, sólo unas cinco horas, como llevo en México más de 15 años se me hizo muy familiar la situación. Entre tanto, un nuevo acontecimiento hacía temer la expedición y es que el Krakatóa, del que nos separaban unas cuantas millas estaba enfurruñado y cuando eso sucede de tal manera, se cierran puertas y ventanas, para no ver, supongo, lo que puede venir. Les recuerdo el infortunio tan lamentable que sufrió este país en el devastador Tsunami del año 2004, aquí ese nombre, así como el del famoso volcán despierto, ni se mencionan, sin embargo para mi indolente persona el poder contemplar al gigante candente fue una más de las experiencias inolvidables en mi vida.
Bueno, que me enrrollo. A las 12 de la mañana vimos aparecer el enorme vehículo del parque, en el que Didi Subandidihata el simpático y eficiente director, junto con Priyono Ameng y Mónica Dyha Rahmaningsih, tengo los nombres anotados, aparecían frescos y sonrientes como todos los indonesios. Sobre las 14:00 horas la playa del puerto de Sumur era un hervidero de chiquillos curioseando y descojonándose de mí, que no sé porque producimos ese efecto en estas risueñas personas que no se cortan un pelo. Comenzamos a cargar las cajas y nuestros equipajes en una pequeña barcaza que nos llevaba hasta el barco pirata que definitivamente navegaría hasta la Isla. Tres horitas de navegación deliciosa por los famosos mares del Sur hasta que con el atardecer llegábamos a nuestro destino final. Los macacos eran monitoreados permanentemente ofreciéndoles agua y frutas en abundancia, estaban razonablemente bien. Cuando llegamos comenzaron las difíciles decisiones, era muy tarde, anochecía y adentrarse en una selva repleta de Varanos, cocodrilos y mosquitos malarienses era digamos algo peligroso, aún así los monos no debían permanecer mucho más tiempo en el limitado claustro de metal, así que fuimos a meter en los encierros de habituación a uno de los grupos, el formado por las hembras y las crías más pequeñas. El otro grupo no daba ya tiempo a semiliberarlo de modo que se quedó protegido de los depredadores por una gran maya. No quedamos satisfechos pero nada más se podía hacer, ya que ambos encierros están distanciados lo suficiente como para que el tiempo se nos fuese yendo como la energía vital que nos quedaba.
Desde ese punto de la isla a quince minutos se encuentra la estación en la que unos cuantos piratas pescadores habitan junto al escaso personal del parque en una armonía envidiable. Intranquilos y hambrientos a las 22:00 tomamos de nuevo el barco bajo un manto de estrellas extraordinario y regresamos a la selva mientras al curricán se capturaba la cena.
Entonces, en el segundo viaje del cayuco que nos desplaza hasta la playa sucedió lo que nadie quería, un error. Demasiado peso en la nave, la completa oscuridad y un golpe de agua inundó el cayuco haciendo naufragar a nuestros compañeros. Los gritos, el miedo y la enorme dificultad para localizarles nos hicieron pasar media hora angustiosa. Finalmente Andri el mejor nadador del grupo que además no llevaba las peligrosas botas de agua que hacen de lastre en estos casos, otro grave error, llegó hasta la proximidad de la nave que presta arrancó motores a la búsqueda del grupo a la deriva. Nos temíamos lo peor, pero, a estos hombres de hierro no se les vence con un golpe de mar y entre la negrura total los encontramos todos vivos, con las caras de quienes saben que han estado a punto de no volver a ver a sus hijos, con el rostro desencajado, temblorosos, pero vivos. Ni los tiburones ni los famosos cocodrilos más temidos si cabe ya que habitan en las orillas habían llegado antes que nosotros. Queridos amigos, fue tremendo, tal como lo cuento así lo vivimos y así seguiremos viviendo.
Por suerte, este que os lo narra no estaba en esa rústica piragua, en ese caso el equipo de filmación se hubiese perdido y nada ni de esto ni de lo que mañana os seguiré contando hubiese llegado hasta aquí en forma de imágenes, porque hasta que dejé la cámara para ayudar a subir a los compañeros al barco todo lo registré completamente confundido porque no soy un reportero sólo soy un naturalista que trata de compartir con quien lo desea lo que ve y vive.
A la luz de las velas y casi hasta el alba, se narraban una y otra vez su aventura estos hermanos con quienes he tenido el privilegio de vivir algunos de los momentos más intensos y maravillosos de mi exploración cotidiana.
Mañana continuaré esta historia, estoy agotado y además es costumbre que cuando entren en esta ventana no se dilaten más de cinco minutos, esos que les hurto con la intención de compartir.
Por cierto, con más de 1000 visitas en estos últimos días me tienen retecontentote, trato de responder a todos los correos y comentarios que me llegan pero no se si los reciben porque me hago bolas con eso de que no aparecen sus direcciones. Mil gracias a todos y mucha luz en vuestros caminos.

2 comentarios:

Pimpinela dijo...

¡Vaya! esto es más entretenido que la mejor de las novelas de aventuras. Muchas gracias por compartir esta experiencia.
Y gracias, sobre todo, por hacer lo que los demás vemos tan complicado

Manuel Sobrino Senra dijo...

Que maravillosas aventuras!

Cuanto tenemos que agradecer a gente como vosotros, que arriesgais vuestras vidas "por amor al arte" y a nuestra Naturaleza. No teneis precio.

Seguiré en otro momentos con las partes II y III de esta bonita crónica.

Un abrazo!