martes, 29 de enero de 2013

Perros, gatos y canarios. La música: ¿idioma universal, cultural….o un poco de cada?



Perros gatos y canarios.  La música: ¿idioma universal, cultural….o un poco de cada?

Combatiendo el viejo dogma “la música clásica occidental es el Idioma Universal porque habla directamente al corazón y por lo tanto todo el mundo puede entenderla”, dogma que además ha querido posicionar a la música clásica como superior, mejor que todas las demás, la musicología actual insiste –a grandes rasgos- en que “ningún tipo de música es idioma universal, puesto que cada una surge en un contexto cultural determinado y que para comprender cada lenguaje es necesario conocer dicho contexto, o por lo menos, estar familiarizado con él”. Muchos estamos de acuerdo en gran parte de este discurso. Aunque creo –seriamente- que el problema de algunos musicólogos...¡¡es que no tienen mascotas!! JJJ ó para decirlo de otra manera, se olvidan –seguramente por falta de contacto- de que aparte de seres maravillosamente intelectuales también somos, aún, animales, y que antes de pasar por el lóbulo frontal, muchos estímulos –como la música- entran a través de los sentidos al cerebelo y a otras áreas del cerebro y conectan con el sistema nervioso y desde allí  a todo nuestro cuerpo.


Y por echar un vistazo, encontramos historias de músicos y sus mascotas que son además de divertidas, fascinantes para darnos algunas pistas en la búsqueda de respuestas. Podríamos acercarnos a indagar, con espíritu neo-cientificista en los estudios que los etológos (quienes estudian el comportamiento animal) hayan realizado con música y su efecto en animales, -si es que los hay- pero creo que las anécdotas en este caso son mucho más interesantes porque hablan de largas relaciones de músicos con animales, de animales con música y de situaciones que no son fáciles de medir en experimentos puntuales.
Por ejemplo, los pianistas que tienen o hayan tenido un perro nos contarán que, en el momento de sentarse a estudiar, el perro invariablemente viene desde donde esté a echarse bajo la cola del piano, o a su lado si se trata de uno vertical. Parece que les encanta, que disfrutan de estar ahí ¡¡a pesar de lo tediosa que puede resultar una sesión de estudio!! Alguien podría argumentar que los perros, de cualquier manera siempre están allí al lado, ya sea que estemos leyendo un libro o mirando la televisión. Por ello es muy significativa la historia de Patricia que cuenta que durante su infancia, el “perro de casa”, Silver, digamos que ‘era de su hermana’, de tal manera que a ella no le hacía caso jamás, vivía pegado a la hermana o eventualmente perseguía a la madre, en aras de pedir comida. Sin embargo, la hora diaria que practicaba al piano sabía que Silver estaría a su lado, metido bajo la cola del divino monstruo. Era su único ‘momento del día’ con el perro, y la hacía muy feliz.




¿Y qué tal los gatos? Esos seres elegantes prefieren subirse directamente sobre la cola, y no limitarse a escuchar, sino de paso, sentir las vibraciones de las cuerdas. Mis 3 gatos –Drago, Anbu y Kirikú- corrían al estudio desde donde estuviesen si escuchaban que mi hija o yo comenzábamos a tocar. Dos sobre la tapa, uno en la ventana. Eran sus sitios. Ahora que si venían alumnos a clase, no se acercaban ni por asomo, ni a la ventana, ¡esa hora de música no les hacía ninguna gracia! Deliciosa es la historia del gato de Natalia, una gran pianista profesional, que a base de escuchar por años el instrumento, ya tenía claras sus preferencias: ¡no le gustaba el vals “del minuto” de Chopin! Si ella comenzaba con Chopin, se piraba de allí… eso sí, al volver a sonar Bach, retomaba su sitio sobre la cola. Increíble pensar que un animal tenga “gustos musicales”, y que le agraden más unas obras que otras... igualmente que a los gatos de Leonora, otra gran pianista que nos asegura que el autor favorito de todos sus gatos, ¡es Brahms! y corrobora que no les agrada la música vertiginosa, y mucho menos el timbre de una soprano o de un violín... pero adoran el violoncello. ¡Podríamos también citar a los que vemos en youtube tocando el piano tan entusiasmados! No hablo de ellos porque no conozco directamente las historias.
Aquellos que han tenido un canario, seguramente le han silbado para que éste “responda”. Generalmente reaccionan casi de inmediato ante diversos estímulos sonoros: sea con un melodioso silbido o con alguna flauta, tras una frase corta muchos comenzarán a cantar.
Pero no deja de asombrarme la historia de “Caruso”, un canario que por la costumbre de escuchar música diariamente, ya no cantaba a las primeras de cambio. Caruso –al que alimentaban con alpiste marca “Ópera”- vivía en casa de un pianista y profesor de piano. Contaba su dueño que se había convertido en un auténtico sibarita si de escuchar música se trataba: al paso de los años fue descubriendo que el ave sólo cantaría si él tocaba realmente inspirado. La leyenda corrió rápidamente entre sus alumnos ¡por lo que el canario se convirtió en una verdadera vara de medir! “ohh! no ha cantado… será que no he tocado bien” pensaban. ¡¡Y les daba un vuelco el corazón si sonaba su canto!! En este caso, es curioso que no importase qué música o qué autor, sino sobre todo, qué calidad de interpretación.
Por supuesto que las anécdotas no nos sirven para afirmar categóricamente nada, jeje, ¡pero puedo decir que muchos estudios musicológicos con aires cientificistas, tampoco! Seguramente hay muchas reacciones –de los animales- por coincidencia, variables que se nos escapan, o interpretaciones sesgadas de lo que los dueños de las mascotas queremos sentir o leer en sus conductas. Pero la observación y descripción de los hechos, también es parte de cualquier proceso de investigación, y una parte valiosa.  Por otro lado, -aunque esto sólo lo pueden comprender aquellas personas que lo han vivido- está la íntima relación psicológica-emocional que se genera entre “dueños” y mascotas, humanos y animales que tras años de convivencia parecen saber, casi adivinar lo que el otro está sintiendo o pensando. De ahí que yo confiera más certeza y menos sesgo a sus interpretaciones que las que podría dar un investigador en su observación.
En todo caso, lo que sí podemos afirmar con todo esto sin temor a equivocarnos, es 1. Que a muchos animales les agrada la música. Y 2. Que muchos animales, al familiarizarse con la música por los años de contacto con ella, muestran preferencias por unos objetos sonoros sobre otros, como si cultivasen su propio criterio o discernimiento musical; aunque podríamos pensar que estas preferencias, como las tímbricas, pueden ser eminentemente físicas, las de velocidad, de carácter –los gatos son animales tranquilos por ejemplo y prefieren la música rítmicamente  y melódicamente tranquila. Pero... ¿y en los humanos esas preferencias no pueden obedecer, en gran medida a lo mismo?
A todos los seres humanos también nos agrada la música: a todos. De la misma manera que nos desagrada el sonido de una taladradora –a menos de que alguien haya vivido su infancia cerca de una y le traiga dulces recuerdos- no hay cultura que no tenga música, la practique y la disfrute, es decir, que el gusto por la música es “universal”. Creo que todos estamos de acuerdo en que, mientras más sabemos o conocemos sobre algo, tenemos más herramientas para poder disfrutarlo, o lo disfrutamos más profundamente, sus recovecos, delicadezas, significados. A mí mientras más me explican sobre estrategias de defensa en el baloncesto ¡más disfruto de ver los partidos jajaja! Aplicable a todos los quehaceres humanos, y por supuesto, a las artes.
Pero hay que tener mucho cuidado con un discurso que se puede tornar tan dogmático como aquél que se quiere combatir. Cuidado con volvernos más elitistas que los “elitistas europeizantes”, dando al público que va a  escuchar conciertos de música clásica una idea como: “Señora lo siento pero usted no tiene la cultura necesaria para entender lo que va a sonar y por ello es difícil que lo disfrute...” ¡Noooo! ¡Es sumamente peligroso! Nadie tiene que “entender” nada para disfrutar a priori de la música que suene: ni los gatos, ni los perros, ni las personas. Hay muchos melómanos que no saben nada de teoría musical, ni de épocas históricas, ni de la vida de los autores y que sin embargo escuchan clásico diariamente, están familiarizados con muchos de sus lenguajes por la cantidad de obras que conocen ¡¡y seguramente las disfrutan tanto como nosotros!!
Porque está la vía emocional, también. Las emociones se activan con multiplicidad de estímulos: un texto, una idea, un pensamiento, nos emociona. Una bella voz, o desgarrada, o una melodía, o una sucesión de armonías, también. Recuerdo el sobrecogimiento que sentí a principios de los 90’s al escuchar por primera vez el disco de “Voix bulgaires” (Voces búlgaras) que se puso tan de moda. Te ponía los pelos de punta sin saber nada sobre ella, sin haber escuchado antes nada remotamente parecido. De igual manera el primer contacto con el cante hondo o con Piazzolla o Ligeti o Zappa o con mucha música india o africana de la que no tengo ni puñetera idea. La música nos hace mover la cabeza, el cuerpo, tararear, balancearnos, entusiasmarnos, relajarnos, estremecernos. Que después, si nos apetece, y somos curiosos, nos podemos poner a investigar y conocer otros mil detalles y eso nos puede revertir en mayor placer ¡fenomenal! ¡seguro que sí!
Y sí. La música clásica es por lo general compleja. ¡Hay tantas ideas, emociones, historias, imágenes dentro de muchas obras, que la cabeza a menudo desconecta! ‘Too many notes’ jeje, como atinan a decir en la película Amadeus –cuántas veces me he adormilado escuchando la orquesta...- y en algunos casos, un hilo conductor nos puede servir de herramienta para ‘penetrar’ en la obra. Pero no es condición necesaria, conditio sine qua non para ello, y eso debemos dejarlo claro.
Todo esto no significa ir en contra de la cultura, no significa invitar a la gente a no tener curiosidad por el conocimiento, no significa decirle a nadie ¡venga vamos a ser mejor todos unos ignorantes y a disfrutar se ha dicho! Tan divinas y placenteras las emociones generadas por el intelecto como las que nos ofrecen los sentidos, y si encima están combinadas, pues son la hostia: como la música.
No entiendo nunca los determinismos en los teóricos. La historia de la filosofía, de la psicología o de la ciencia nos ha enseñado que no son eficaces para describir los complejos procesos de la naturaleza o de los seres humanos. Ni yin, ni yang... sino yin/yang.




3 comentarios:

maria jose yañez dijo...

Mona, te faltó mencionar a Thalía que le encantaba Mozart y los cantos Gregorianos, cada vez que yo salía de la casa le dejaba puesto el CD de cantos Gregorianos que duraba mas de una hora, para que durmiera a gusto jajajaja. Me gustó lo que escribiste, yo no se nada de música, ni de historia de la música, pero el haberte escuchado por años practicar, estudiar, y dar conciertos, me hacía aprenderme de memoria las piezas y sabía bien cuando te equivocabas en un concierto.....jajaj era yo tu mejor Critica......gracias por compartir.

Gabrip dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gabrip dijo...

Me gustaría comentar el caso de mi perrita boxer, en paz descanse. Cuando estudiaba piano en el salón, Pegui, que siempre estaba en el patio, se acercaba a la puerta y se acostaba para disfrutar de la música. Lo más asombroso es que cuando lo que sonaba era algo triste, la perrita empezaba a llorar... la primera vez me quedé perplejo, las siguientes, intentaba evitar hacerla llorar... pero en ocasiones no había otro remedio que estudiar las obras que transmitían lamento o tristeza.

Pero no es la única experiencia de este tipo que he tenido con animales. Icram es nuestra camaleona, y vive justo encima del piano de pared, en su terrario. Cuando toco, Icram se acerca al cristal del terrario lo máximo posible para mirar como se mueven las manos mientras toco. Eso sí, solo si estoy tocando algo tierno o suave, no le gustan las obras demasiado animadas, por ejemplo, huye hacia el otro extremo del terrario cuando toco el Rondo Alla turca de la sonata K 331 de Mozart, mientras que se acerca cuando suena el principio de la misma obra.

Muy buen artículo, enhorabuena!